Por: Pablo Onorato
Domingo de baloncesto, aroma de tarde grande y un Real Madrid que, cuando activa el modo apisonadora, es sencillamente imparable. El Palacio de los Deportes vivió una de esas noches idílicas donde el juego fluye, el aro se ensancha y la grada termina haciendo la ola. Los blancos firmaron un triunfo incontestable ante un Bàsquet Girona que aguantó el tipo en la primera mitad, pero que acabó engullido por el arsenal ofensivo de un líder que superó con duende la barrera de los cien puntos.
El balón fue al aire y el Real Madrid dejó claras sus intenciones desde el segundo uno adjudicándose el salto inicial. El control del rebote, ese termómetro que mide la intensidad de este equipo y que viene siendo el gran pilar de la temporada —liderando los rankings de capturas de la competición—, volvió a ser la brújula de los locales. Pese a que el Girona inauguró el electrónico con una canasta madrugadora, la réplica blanca no tardó en llegar: el dorsal ’24’ armó el brazo desde el perímetro y clavó un triple limpio para descorchar la anotación madridista. A partir de ahí, el Madrid llevó la iniciativa con transiciones rápidas, cerrando el primer cuarto con un vistoso 28-22, tras contener una pequeña reacción gerundense que llegó a estrechar el margen a solo un bache de dos puntos.
Del amago de atasco al despegue blanco
El segundo periodo trajo curvas. El Girona saltó al parqué dispuesto a complicar la existencia a los de Chus Mateo y, aprovechando un par de pérdidas locales y su acierto en la pintura, logró neutralizar la ventaja hasta firmar un amenazante empate en el marcador. Saltaban las alarmas en el Palacio, pero el Madrid sabe cómo gestionar las crisis de juego. Con una rotación exterior que empezó a morder en primera línea de pase y un par de zarpazos en contraataque, el conjunto merengue metió una marcha más en los minutos previos al descanso para firmar un parcial incontestable y marcharse a los vestuarios con una renta psicológica de diez puntos.
Tras el paso por los vestuarios, la historia del partido se terminó. El Real Madrid saltó a la pista en modo «destructor».
El tercer cuarto fue un auténtico recital de baloncesto total. La circulación de balón rozó la perfección, la defensa cerró a cal y canto la zona y las canastas empezaron a llover desde todas las posiciones. El Girona entró en colapso ante el vendaval blanco y vio cómo la brecha en el electrónico se ensanchaba por encima de la barrera psicológica de los 20 puntos. Un colchón sideral que dejaba el encuentro visto para sentencia a falta de los últimos diez minutos.
Centenario y fiesta en la grada
El último cuarto fue el territorio del «Showtime». Con el partido completamente roto y un Real Madrid que jugaba a placer, el Palacio se convirtió en una fiesta. No hubo espacio para el sufrimiento, solo para la estética: mates que hicieron temblar el metacrilato, pases de fantasía y una cátedra de dominancia absoluta frente a un Girona exhausto, superado en todas las facetas y cuyo único deseo era que el luminoso consumiera sus últimos segundos.
La guinda de la noche llegó cuando el Madrid reventó la barrera de los 100 puntos, desatando la ovación cerrada de una afición entregada. Victoria cómoda, balsámica y con tintes de exhibición para que el madridismo concilie el sueño este domingo con la certeza de que su equipo, cuando quiere, juega a otra cosa.