Por: Pablo Onorato
El conjunto blanco se impone por la mínima (1-0) al Atlético de Madrid gracias a una genialidad antológica de Caroline Weir en la primera mitad. Las de Pau Quesada supieron sufrir en un segundo tiempo de monólogo rojiblanco para amarrar tres puntos de oro ante su eterno rival.
Tarde de domingo, derbi de la capital y una climatología cambiante entre lluvia y sol que le dio un tinte aún más épico a lo vivido en el Estadio Alfredo Di Stéfano. El Real Madrid y el Atlético de Madrid se veían las caras en un duelo de alta tensión donde Pau Quesada no se guardó nada, alineando a su mejor once disponible con el único objetivo de amarrar los tres puntos en casa. Fue un partido de dos caras absolutamente diferenciadas: el brillo y el dominio blanco de la primera mitad dieron paso a un ejercicio de supervivencia puro en el segundo acto, donde el Madrid supo resistir con el cuchillo entre los dientes para llevarse el gato al agua.
El choque arrancó con el Real Madrid luciendo el tanque de gasolina al tope. Las blancas salieron en tromba, encadenando múltiples llegadas de peligro sobre el área colchonera ante un Atlético que se vio obligado a replegarse y aguantar el vendaval inicial. En ese ecosistema de dominio local, Linda Caicedo se erigió como un auténtico puñal indomable por la banda derecha. La colombiana desarboló por completo a la zaga rojiblanca con sus desbordes eléctricos, protagonizando un par de ocasiones clarísimas que la guardameta visitante tuvo que neutralizar con intervenciones de muchísimo mérito.
A pesar de que el dominio posicional de las de Quesada era total, el Atlético demostró que no necesitaba el balón para asustar, aprovechando las contras rápidas para quebrar las líneas defensivas blancas. El partido se convirtió por momentos en un vistoso intercambio de golpes potenciado por un césped rapidísimo debido a la lluvia. En una de esas acciones, Linda Caicedo volvió a calzarse el traje de protagonista: emulando la mítica carrera de Gareth Bale, arrancó con el turbo encendido desde la mitad del campo, dejó atrás a su par por pura potencia y sirvió un pase de la muerte hacia el interior del área; Naomie Feller conectó el remate con dificultades y el esférico se estrelló con violencia en el larguero, rozando el primero de la tarde.
La parábola mágica de Caroline Weir
La insistencia del Madrid encontró su justo premio a través de la pizarra y el balón parado. Tras una sucesión de saques de esquina que metieron al Atlético en su propia portería, la zaga visitante logró rechazar un balón que quedó suspendido en el aire en la frontal. Sin pensárselo dos veces y prácticamente de espaldas al arco, Caroline Weir empalmó el esférico de primeras, dibujando una parábola bellísima e imposible que superó la estirada de la guardameta colchonera para colarse limpiamente en la red. Un golazo de bandera para poner el 1-0 y desatar la locura en Valdebebas justo antes del descanso.
Sufrimiento extremo y resistencia numantina
La reanudación mostró la otra cara de la moneda. El Atlético de Madrid saltó al terreno de juego herido en su orgullo y volcado por completo en busca del empate, sometiendo al Real Madrid a un monólogo absoluto. Las de la temporada rojiblanca dieron un paso al frente y arrinconaron a las blancas dentro de su propia área. Las ocasiones empezaron a sucederse en un auténtico festival de imprecisiones y milagros defensivos: un remate colchonero se estrelló de lleno en el travesaño; poco después, una espectacular chilena a escasos dos metros de la portería estuvo a punto de convertirse en el empate, y la zaga local llegó a salvar un mano a mano providencial.
Mientras el Atlético movía el balón de lado a lado desgastando el entramado blanco, la grada del Di Stéfano empezaba a desesperarse ante la preocupante falta de reacción e intensidad del equipo. Un nerviosismo alimentado por la llamativa inacción en el banquillo, ya que Pau Quesada decidió postergar en exceso unos cambios que el físico de las jugadoras pedía a gritos.
El tramo final fue un ejercicio de agonía pura. El colegiado añadió la friolera de nueve minutos de prolongación, una cifra totalmente desmedida que terminó por encender los ánimos de la afición merengue. El Atlético apretó hasta el último suspiro, pisándole el cuello a un Real Madrid que se defendió con todo lo que tenía, encomendándose a la solidez de su bloque bajo para dejar su arco a cero.
El pitido final trajo un alivio inmenso a Valdebebas. El Real Madrid se lleva tres puntos de oro de un derbi vibrante, demostrando que además de jugar al fútbol, este equipo también sabe ponerse el mono de trabajo y sufrir para ganar. El orgullo de la capital sigue siendo blanco.